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Todo sueño tiene su fin. También los sueños económicos lo tienen. El que se inició en España hacia 1997 finalizó, de manera dramática y con efectos sangrantes para la economía nacional en general y para la de muchas familias en particular, a inicios de 2008. Fue entonces cuando se produjo lo que se ha dado en llamar el estallido de la burbuja inmobiliaria.

Hasta ese momento, el sector de la construcción y, con él, el inmobiliario, eran las locomotoras de una economía que parecía crecer hacia el mañana con la fortaleza con la que solo puede hacerlo lo que parece sostenerse sobre bases firmes. El valor de los bienes inmuebles no paraba de crecer, el país se llenaba de grúas y solares en los que alzaban nuevas promociones y las familias soñaban con comprar un piso para venderlo apenas un par de años después obteniendo una ganancia que no podía conseguirse en otro tipo de inversiones. Después, la experiencia acabaría demostrando que el gigante aparentemente imparable tenía los pies de barro y, por tanto, estaba predestinado a caer.

Ahora, algo más de una década después de que se produjera el estallido de la burbuja inmobiliaria española, los analistas económicos intentan analizar las causas que la provocaron y los síntomas que, estando presentes, no fueron atendidos para intentar evitar lo que al final sucedió.

El crecimiento anormal de los precios de los bienes inmuebles muy por encima de las rentas y muy por encima del IPC debía haber servido de señal de alerta a las autoridades económicas y financieras, pero no lo hizo. Los analistas económicos apuntan a que ese incremento anormal de los precios de los bienes inmuebles fue debido a la confluencia de una serie de factores. Entre ellos podemos destacar los siguientes:

  • La falta de suelo edificable en las grandes ciudades. Una ley básica del capitalismo es aquélla según la cual la escasez de la oferta se traduce en un incremento del valor de los productos que la forman.
  • Los beneficios fiscales concedidos a la adquisición de viviendas. Las desgravaciones en el IRPF, apuntan los analistas, incentivaron la compra de bienes inmuebles. El incremento de la demanda (otra ley básica del capitalismo) hizo subir los precios de la oferta y el beneficio de ese incremento de los precios revirtió directamente en los promotores, que fueron los grandes beneficiados del sistema.
  • La entrada de la economía española en el sistema euro. Esta entrada hizo que, de alguna manera, aflorara parte del dinero negro existente en la economía y que ese dinero negro buscara inversiones en el sector que daba más elevados y más rápidos réditos.
  • Una serie de factores demográficos entre los que podemos destacar el espectacular crecimiento de la población inmigrante y el incremento de la demanda residencial turística y de segunda residencia. Dentro de los factores demográficos que favorecieron la formación de la burbuja inmobiliaria hay analistas que incluyen también el aumento del número de divorcios. Hay datos que hablan de un incremento anual del 79% en el período 1993-2003.

Más allá de la importancia de los factores señalados en los mecanismos de formación de una burbuja inmobiliaria, ésta no puede producirse nunca si no existe dinero fácil en el mercado, es decir, si no existe exceso de crédito. Al amparo de esa oferta masiva de dinero a un interés relativamente bajo que se dio durante esos años, muchas familias españolas decidieron embarcarse en hipotecas que, en muchos casos, superaban las posibilidades reales de dichas familias a la hora de hacer frente a ellas en caso de que alguno de los miembros de las mismas perdiera su puesto de trabajo. Las familias (es un tópico real) solicitaban préstamos inmobiliarios para comprar un inmueble y, de paso, comprar un coche. Las familias, como suele decirse, vivían y se endeudaban por encima de sus posibilidades.

Pero sería injusto culpar solamente a las familias de endeudarse más allá de lo razonable. También lo hicieron, y de qué manera, las administraciones públicas. Casi todo pequeño municipio de cualquier lugar de la geografía española (fuera ese lugar de regadío o lo fuera de secano) construyó su propia piscina municipal. Se inauguraron aeropuertos que no iban a funcionar. Se construyeron líneas de AVE deficitarias. Cada municipio quería tener un teatro mayor que el del municipio de al lado. Los Ayuntamientos, necesitados de unos ingresos que les permitiera cubrir todas sus necesidades, recalificaron suelos y especularon con ellos para financiar obras faraónicas y para, en el peor de los casos, engrasar la máquina de una corrupción que amenazaba con hacerse sistémica.

Por otro lado, la relajación bancaria a la hora de gestionar el riesgo de impago y la laxitud imperante en el Banco de España en su tarea de controlar las prácticas bancarias facilitaron, también, la creación de la burbuja inmobiliaria. Los bancos centrales, por su parte, allanaron el camino para que las entidades financieras consiguieran capital para que éstas, con él, pudieran ofrecer más y más hipotecas a plazos cada vez mayores. Todo ello derivó en que la gente vivía por encima de sus posibilidades y no sólo por adquirir una vivienda muy por encima de su precio real, prueba de ello son otras muestras del despilfarro que hubo en compra de coches, artículos de lujo y en servicios prostitución de lujo ya que fue cuando más prosperaron páginas de acompañantes como Escorts Barcelona y Escorts Madrid, que si bien es un tema muy delicado es un gran indicador del nivel económico por el que se mueve un país.

Toda esta confluencia de factores llevó a la formación de la burbuja inmobiliaria en España. La brusca caída de la demanda y el descenso de los precios fue, finalmente, el resultado lógico de que el mercado se mostrara incapaz para absorber la enorme oferta de vivienda construida y vacía disponible. El estallido de la burbuja, combinado con los efectos de la crisis internacional derivada de la falta de liquidez del sistema financiero, causada por la crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos, sumió a la economía española en una profunda crisis de la que aún se notan sus efectos.